sábado, 20 de enero de 2018

Y que se acaba la corrupción



La ilusión se vale cuando la
realidad la toma de la mano

Por Alejandro C. Manjarrez

La Mesa Directiva hizo sonar la campana que reiniciaba la sesión. En ese momento el diputado presidente procedió a tomar la protesta de ley al mandatario. Y éste respondió con un enfático y sonoro:
“¡Sí, protesto!”
El nuevo conductor del destino de México se acomodó la Banda Presidencial. Sabía que necesitaba comunicarse con los testigos del acto transmitido por todos los medios de comunicación electrónica: “Estoy consciente de mi responsabilidad republicana”, fue su mensaje corporal.
Los aplausos opacaron las palabras del legislador que cedió el uso de la palabra a Rodrigo del Campo Santiesteban.
Del Campo acomodó los micrófonos antes de recorrer con la vista los rostros del millar de testigos y mirar hacia la cámara de televisión que enfocaba su imagen, señal difundida con el propósito de llevarla al hogar de millones de mexicanos. Aspiró oxígeno e inició su discurso:
 Lo que escucharán ustedes, ciudadanos de esta nación e invitados de los países amigos, es la confesión de un hombre que tuvo que ponerse la máscara de la simulación; un ciudadano que fue obligado a mimetizarse para poder ocupar los cargos públicos que ejerció antes de llegar a esta alta tribuna de la República, en calidad de presidente de México...
Las palabras del nuevo presidente se escucharon en las bocinas colocadas en los despachos del edificio sede de la Cámara de Diputados. En uno de ellos, dos mujeres mellizas se abrazaron deseándose suerte:
—La que salga viva —dijo Minerva— terminará lo que inició nuestro abuelo.
—Hermana —respondió Mireya—, las dos saldremos vivas; no seas catastrofista.
Sonrientes y tomadas de la mano, las mujeres se desearon suerte antes de abandonar su escondite provisional. “¡Hagámoslo por Alexander, el abuelo!, le dijo Minerva a su hermana gemela.
Señoras y señores legisladores:
Confieso ante ustedes que me disfracé de corrupto. Confieso que me puse el disfraz de comerciante del poder. Confieso que mañosamente me introduje en los grupos económicos donde suele discutirse el destino del País. Confieso que acepté dádivas y establecí compromisos. Confieso que fui celestino de influyentes y poderosos. Confieso que serví de cabildero del gobierno ante los miembros de esta soberanía a quienes, en algunos casos, simulé corromper. Confieso que callé las injusticias que cometían los gobernantes. Confieso que encubrí a quienes tuvieron en sus manos el poder manipulándolo para su beneficio personal. Confieso que cerré los ojos a la corrupción imperante en los mandatos a los que serví. Confieso que no denuncié las negociaciones entre los delincuentes de cuello blanco y el poder político. Confieso que fui omiso ante la transgresión de la ley para abrirme paso en la ruta que me condujo a ocupar este honroso cargo desde el cual, ahora lo juro por mis padres a quienes debo las convicciones que nunca he perdido y menos olvidado, serviré a la patria y combatiré sin descanso a los corruptos, la gran peste de México.
El murmullo de los asistentes obligó al presidente a suspender la lectura para tomar un sorbo de agua. Minerva aprovechó el impasse para ingresar al recinto. Mostró su identificación y los guardias la dejaron pasar. Lo mismo hizo Mireya pero por otra de las puertas de acceso. En ambos casos se escuchó el “pase usted diputada”. Y como si se transmitieran el pensamiento, las dos, cada una lejos de la otra, pensaron sin quitar los ojos de la tribuna: “Qué bueno que te confiesas Rodrigo porque pronto vas a morir”.
Todo lo que hice me permitió trabajar dentro de las estructuras del gobierno.
A estas confesiones agrego otra, la última: mi compromiso, mi deuda me obliga a rescatar los principios que por supervivencia burocrática tuve que ocultar haciéndome pasar como uno más de los eficaces operadores políticos y financieros del poder que institucionalizó la corrupción.
Tuve que hacerlo. De lo contrario me habría visto obligado a prescindir de mi intención y dar por concluida mi carrera política. Hubiese dejado trunco el propósito de mejorar y crear las condiciones para hacer de México un mejor país a partir de la verdad...
Sé que la verdad es uno de los valores ausentes en el sector público. Por este lamentable abandono se han cometido miles de crímenes y se ha tolerado a la delincuencia organizada.
También sé que la mentira sustentó los proyectos políticos de quienes gobernaron al Estado mexicano. Ante lo irremediable, señores y señoras diputados, senadores, representantes del poder Judicial y miembros de la sociedad civil, los conmino a borrar el pasado (excepto cuando haya que aplicar la ley) y a poner las bases para que en nuestra nación la verdad sea el eje del comportamiento de los servidores públicos, el punto de partida de los tres niveles de gobierno y los poderes de la Nación.
Juan Hidalgo, que vigilaba desde uno de los palcos, vio a Minerva ocupar su curul. La había observado desde que entró al recinto y, como le ocurrió cuantas veces se topó con ella, nuevamente quedó cautivado por la cadencia y movimientos que daban a su belleza un extrañó señorío. “Vaya hembra”, se dijo una vez más antes de volver los ojos a la tribuna.
Por ello les propongo legislar para que la mentira y la manipulación de la verdad se conviertan en un delito que por su penalidad no alcance fianza. En sus manos está el dar un viraje hacia el encuentro con la verdad y hacer de este principio el eje rector de nuestro sistema jurídico y político.
He leído y revisado documentos que han pasado por el escritorio presidencial en los cuales se detalla directa o indirectamente las distintas formas de corrupción. Mis predecesores los conocieron y guardaron silencio con la idea de mantener el statu quo, la calma chicha, la ausencia de la verdad. Ninguno se atrevió a combatir sin reservas ese cáncer social porque, arguyeron, hubiesen tenido que suspender las garantías individuales para enjuiciar a todos los funcionarios públicos corruptos y también a sus cómplices; e incluso, dependiendo de los daños que hubiese causado su comportamiento, establecer la pena de muerte, únicamente para aquellos servidores que hubieran traicionado al pueblo que les brindó su confianza y puso en sus manos su destino.
—Jefe, estoy borracha o hay en el recinto dos diputadas gemelas —dijo por el radio Lupe—. La primera ingresó hace tres minutos y la otra acaba de entrar por otro de los accesos…
— ¿Estás segura? —preguntó Hidalgo al tiempo que usaba los binoculares para ubicar a la segunda diputada.
—Lo estoy porque nunca olvido los rostros, y menos los bellos como el de la diputada Wood —confirmó Lupe.
— ¡Ya! Ya la ubiqué —dijo Hidalgo—. En efecto parece un clon de la diputada Minerva. Opera de inmediato el plan Halcón 1. Que aborden a las dos, pero sin que haya escándalo. ¡Muévete! ¡Muévanse! ¡Anúlenlas! ¡Una está en la fila eme, junto al pasillo 2 oriente, y la otra en la ele, pasillo 4, lado poniente! —fue la orden que escucharon los guardias a través de su “chícharo”.
Tres hombres y dos mujeres se levantaron de las curules que se les había asignado. Lupe y otra agente se dirigieron al lugar donde estaba Mireya mientras que los otros rodeaban a Minerva. Todos los movimientos se hicieron como si se tratase de algo casual… 
El problema, señoras y señores, amigos y colaboradores, es que no alcanzarían los seis años para enjuiciar a todos los criminales.
Hoy el panorama es peor que el de hace tres décadas. México padece el poder de las mafias del narcotráfico; su territorio está prácticamente controlado por sicarios y narcotraficantes cuya riqueza les permite comprar conciencias, maniatar autoridades y comprometer gobernantes. En este caso la pena de muerte no resolvería el problema debido a que esos delincuentes viven retándola; saben que su destino está tan bien definido que ninguno de ellos podría asegurar que llegará a viejo. La ejecución prescrita por la ley sería una medida drástica sí, pero no resolvería el problema.
Lo que funciona es la unidad popular contra cualquier tipo de delincuencia. De ahí que mi convocatoria, que baso en la verdad, incluya y convoque a los poderes de la Unión para que diseñen el plan rector que habrá de servir a todas las instancias y niveles de gobierno. Se trata de emprender la campaña más intensa y larga de la historia cuyo objetivo sea eliminar al crimen organizado y, al mismo tiempo, establecer los mecanismos para impedir que sigan existiendo las células del delito así como las condiciones para que éste prevalezca y prolifere:
Una de ellas, la urgente, es la reforma educativa transexenal.
Otra, el trabajo suficiente y bien pagado, intención que exige un programa de productividad y competitividad.
La tercera acción consistirá en profesionalizar a los cuerpos policiacos y apoyarlos en su labor para que tenga éxito nuestro programa de investigación preventiva universal manejado por representantes del gobierno y la sociedad.
La cuarta se basa en promover la cultura para que el pueblo cuente con alternativas de desarrollo personal y familiar.
La propuesta general incluye modificar los códigos para que el Estado tenga facultades e incaute dinero, acciones, bienes inmuebles, obras de arte, cuentas de cheques, empresas y propiedades de quienes sean confesos del delito de delincuencia organizada, incluidos el lavado de dinero y la corrupción de los funcionarios públicos. Si ustedes, señores y señoras legisladores, así lo legislan, la riqueza proveniente del delito tendría que aplicarse a los programas sociales del Estado.
A partir de hoy la transparencia será la columna del gran edificio que es el Estado mexicano.
Con base en ello informo a la sociedad que en este momento los aeropuertos y las carreteras están controlados y vigiladas por el ejército. Se trata de impedir que escapen a la acción de la justicia más de doscientos funcionarios a los que se les comprobaron delitos de corrupción, omisión y connivencia con los delincuentes y asesinos que han puesto a México en el peor de los escenarios de su historia: hace tres meses inició sus labores de investigación y consignación de expedientes, el cuerpo de inteligencia cuyos integrantes son profesionistas de alto perfil y comprobada honestidad.
Cuando Minerva y Mireya Wodd Armendáriz trataron de reaccionar, los agentes ya las habían inmovilizado, a la primera con una inyección que prácticamente la paralizó: lo único que pudo mover fueron sus enormes ojos grises que parecían protestar por la violación de su fuero. Y a la segunda le aplicaron una descarga eléctrica en el estómago. La distancia entre ambas acciones permitió al personal de Juan Hidalgo mantener la discreción. Sacaron a Mireya del recinto con el pretexto de que había sufrido un ataque nervioso. Lo mismo ocurrió con Minerva. No hubo ningún movimiento que llamara la atención gracias a que los diputados vecinos se mantuvieron en sus asientos para, les habían dicho, no interrumpir al señor presidente.
Se reformará el esquema de seguridad nacional para que los mexicanos se sientan seguros y confíen en las medidas preventivas que permitan el fortalecimiento de la paz social. Esta soberanía recibirá la iniciativa correspondiente.
De acuerdo con los ministros y jueces de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, propondré cambios a la Ley Orgánica del poder Judicial. La intención es agilizar los procesos de impartición de justicia y eliminar ficciones jurídicas que propicien interpretaciones violatorias de los derechos de las personas.
La banca nacional se someterá a controles estrictos, tanto nacionales como internacionales. Las instancias respectivas se coordinarán con las organizaciones no gubernamentales con el fin de evitar que el lavado de dinero forme parte de los negocios financieros que han permitido la proliferación de enormes monumentos inmobiliarios a la corrupción.
Señores legisladores: ministros, magistrados y jueces del poder Judicial; gobernadores y presidentes municipales; ciudadanos:
Ratifico la postura del gobierno que presido sobre no mirar hacia atrás excepto cuando de castigar delitos se trate.
Ahora permítanme algunos comentarios personales, historias para muchos de ustedes desconocidas:
Hace poco más de dos décadas mis padres cayeron víctimas de los sicarios del poder económico que resultó afectado por la política energética del gobierno mexicano. Eran tiempos de rencillas y venganzas irracionales. El ciclo de vida de esos y otros criminales, la mayoría fallecidos de muerte natural y en condiciones de privilegio, exhibe lo que es una constancia irrefutable de que en México la impunidad formó parte de acuerdos violatorios al estado de derecho.
En los años que trascurrieron después del asesinato de mis progenitores, tuve el apoyo del cardenal Miguel Torres de Santa Cruz y Asbaje, aquí presente. Con su sabiduría él me indujo a adoptar el consejo de Lucas. El santo católico dijo en su parábola: ‘Ninguno que empuñe el arado y luego mire hacia atrás es bueno para el Reino de Dios”.
Entonces lo escuché con amor filial y grabé cada una de sus palabras en mi inteligencia laica.
Los senadores que rodeaban al cardenal voltearon a verlo curiosos y sorprendidos por la referencia personal que había hecho Rodrigo. El cardenal se mantuvo impávido. Las huellas de su edad le generaban respeto y admiración. Por sus años era un anciano. Pero por sus actitudes parecía un hombre con el vigor de la juventud.
Ahora me baso en mi obligación republicana para ante ustedes ratificar que como este no es un reino y menos un mandato divino, sólo miraremos hacia atrás cuando se trate de perseguir delitos no prescritos. Con su apoyo podré construir la palanca para impulsar el cambio que permitirá que en México ya no exista la impunidad…
Don Jesús Reyes Heroles dijo que hay que aprender a salir limpios de los asuntos sucios y, si es preciso, lavarse con agua sucia. Muchos de los forman parte del mandato que protesté cumplir, han seguido el consejo del político mexicano. A varios de ellos les asigné la responsabilidad de coordinar las acciones cuyo objetivo es mejorar el prestigio del gobierno y por ende de México. Les anticipo que pasaremos por un proceso paradójico ya que vamos a utilizar la riqueza mal habida para quitar las manchas y recuperar el prestigio de la institución republicana.
Para todo ello necesito su apoyo y espero su comprensión.
¡Viva la Patria. Viva México…!

Hasta aquí la fábula que forma parte de mi novela El poder de la sotana (Ed. Cruman, abril de 2014). La he insertado para mostrar al lector lo que podría ser el punto de partida de una nueva época nacional donde la verdad sea el antídoto eficaz contra la corrupción y la impunidad. Sin embargo, hay un problema: el dinosaurio todavía sigue medio dormido y dando de coletazos. Me refiero al dinosaurio que escapó del cuento de Augusto Monterroso para ubicarse en nuestro territorio reciclándose con las costumbres de la política mexicana, incluido, obvio, el adn del conquistador español, legado cuya presencia en Amerindia fue acompañada por la corrupción que entonces existía.

Lo comprobamos durante en mandato de Vicente Fox Quesada. Lo ratificamos en el gobierno de Felipe Calderón Hinojosa. Y con lo ocurrido en lo que va del régimen de Enrique Peña Nieto, confirmamos que ningún presidente se ha librado de los vicios del sistema político mexicano, lastre cuyo origen aparece detallado en la extensa bibliografía sobre la corrupción institucionalizada.

viernes, 19 de enero de 2018

Las mil y un raterías*


La moral es un árbol que da moras o sirve para una chingada.
Gonzalo N. Santos


—Don Adolfo: esta concesión me la dio el presidente Miguel Alemán…
—Y el presidente Ruiz Cortines se la quita. Así que resígnese. Y además, por si ya lo olvidó o lo ignora, tome nota de que en México la influencia del presidente sólo dura seis años.
—Está bien señor. Se lo informaré al presidente.
— ¡El presidente soy yo, con una chingada! ¿¡Acaso no se ha dado cuenta!?
El poderoso coyote presidencial se retiró del despacho de don Adolfo con la cola entre las piernas. Parecía que el mundo le había caído encima pues a partir de ahí nunca más percibiría las comisiones que durante el sexenio alemanista ganó como intermediario para la venta del petróleo mexicano al extranjero. Estaba triste a pesar de haber acumulado cientos de millones de pesos después, claro, de repartir “utilidades” entre otros coyotes, los designados por Miguel Alemán o, cuando menos, palomeados por él.
Orgulloso y contento, don Adolfo comentó a sus asesores lo que acababa de hacer:
—Con la misma producción de barriles de petróleo, México ganará el quince por ciento más —les dijo con ánimo jarocho.
— ¿Cómo le hizo usted, señor Presidente? —preguntó el experto en el elogio a botepronto.
—Sólo eliminé al comisionista que ganaba mucho dinero —respondió complacido el titular del poder Ejecutivo.
Emocionado, otro de los asesores se atrevió a opinar:
— ¡Eso tiene que saberlo el pueblo de México!
El resto coincidió con la emotiva sugerencia.
Y cada cual decidió verter su opinión sobre cómo debería ser la estrategia mediática para sacar provecho a la determinación presidencial. Ruiz Cortines los escuchó atento hasta que habló para cortarles la inspiración:
—Esperen, esperen… No coman ansias… Tranquilos amigos —les dijo. Valiéndose de su tono paternal, el “viejo” intentó calmar los ánimos reivindicatorios de sus subordinados.
—Con todo respeto Señor —insistió otro colaborador—: creo que es necesario que la opinión pública conozca los dislates burocráticos de su antecesor.
No faltó quien secundara la propuesta anterior agregando que la sociedad necesitaba noticias como esas para mejorar la percepción del pueblo hacia su gobierno.
—Ese tipo de información —adujo— es la que nos beneficia, señor Presidente. Creo que todos estamos de acuerdo en cambiar la imagen que se tiene del Estado mexicano.
—Sí, ya sé que me ven viejo y jodido. Pero no importa porque conforme pase el tiempo me iré transformando en un tipo guapo y joven, bromeó don Adolfo.
—Señor, insisto, con todo respeto —dijo circunspecto el líder del grupo—: es necesario publicitar su determinación republicana. Recuerde usted que la propaganda positiva es lo que sostiene el prestigio del gobernante.
El resto se adicionó a la postura del coordinador del grupo. Y cada cual hizo el elogio a la actitud “patriótica” de Ruiz Cortines.
Durante varios minutos el fárrago rebotó en las paredes del despacho presidencial, hasta que Ruiz Cortines decidió elevar la voz para poner orden:
—¡Señores, silencio por favor! Ustedes deben saber que en México y en otros países (por no decir en el mundo), el escándalo hace más daño que el pecado. Así que moderen sus ánimos reivindicatorios y trabajen para que este viejo recupere su lozanía juvenil. Sería yo un pobre pendejo si dejo que me ahorquen mi mula de seises.
Los integrantes del staff presidencial se quedaron callados.
Estaban confundidos por el dicho de don Adolfo.
Uno de ellos, el más cercano, supuso que era broma, pero el resto lo consideró como una consigna.
Broma o consigna, las palabras mayores permearon. Y a partir de ese día se ocultó el pecado para evitar el escándalo.
Gracias a esa disciplina, la del disimulo, el comisionista petrolero cuyo nombre he omitido por ser pie de cría de muchos mexicanos millonarios —igual que otros de los beneficiarios del poder alemanista—, tuvo que conformarse con vivir del producto del dinero que había ganado gracias a la corrupción, capital que le sirvió para hacer otros negocios y adquirir el blindaje de la impunidad. México obtuvo así la “pujanza financiera” impuesta por los miembros de la escandalosa comalada de millonarios que produjo el gobierno anterior al de Ruiz Cortines.
La inercia
Siguió el proceso del desprestigio de la política mexicana, ahora “decorada” con deslices equiparables a los de antaño… y además llena de escándalos incrustados en la modernidad política y mediática.
La misma gata nada más que revolcada…
Las mismas faltas ahora agravadas por el escándalo.
Las mil y una raterías pues.
En una de mis conversaciones, Gilberto Bosques Saldivar me dijo que el mal que afecta al país había iniciado en la época del presidente Adolfo Ruiz Cortines, inercia de su antecesor Miguel Alemán Valdés. “Este último —sentenció— privilegió los intereses particulares olvidándose de las demandas sociales. En su gobierno pasaron a segundo término los postulados de la Revolución Mexicana”.
¿Qué podemos hacer? Pues esperar a que la tormenta de la corrupción amaine, desaparezca por obra y gracia de usted sabe quién...

 *Fragmento de mi libro La corrupción, pinche herencia





miércoles, 10 de enero de 2018

La verdad no peca…*


La que sigue es una de las publicaciones signadas por ese fantasma, paternidad que intuí pero que nunca pude comprobar porque me faltó asir los pelos de la famosa burra, mechones que me hubiesen permitido dar contundencia a mis argumentos y, por ende, ganar lo que entonces equivalía a las discusiones bizantinas. El mensaje publicado primero en la prensa local y después en la nacional, perturbó a muchos, en especial a quienes nos pusimos el saco o caímos en la trampa que forman los valientes escritos cuyos autores son anónimos. Yo resulté el más afligido debido a que mis defectos e historia se evidenciaron en la festejada, infame y mañosa publicación cuyo contenido comparto con mis lectores para, diría De la Hoz, aunque sea un poco tarde, amarrarme el dedo. Valga aclarar que los subtítulos son comentarios sucintos del que esto escribe:
Lo conocí cuando pobre.
Era un tipo amable, sencillo e incluso hasta modesto.
Lo vi crecer en la política y en la administración pública.
Gracias a esas sus características sus jefes se fijaron en él dándole la oportunidad de ascender.
Ya cerca del poder cambió un poco.
A su amabilidad, sencillez y modestia le agregó otra digamos que cualidad: la discreción. Se acostumbró a ver, escuchar y olvidar sin hacer gestos ni aspavientos. Incluso aprendió a departir en la intimidad con quien gobernaba su vida laboral, “sacrificio” que le permitió conocer la vida secreta de los políticos encumbrados, unos borrachos, la mayoría corruptos, otros homosexuales o bisexuales, y muchos mujeriegos.
Poco a poco fue construyendo su imagen burocrática, misma que con el tiempo lo hizo confiable e incluso indispensable para la jerarquía de su ámbito. Dio el estirón, cambió de estatus y ya es millonario.
La lanceta
Como bien lo conozco, ahora lo desconozco. Es el mismo pero se volvió petulante, presumido y mamón con corbata Hermès, trajes italianos o españoles cortados a la medida, camisas alemanas también de hechura especial, y zapatos Prada, como los que puso de moda el culto e inteligente Papa emérito de origen germánico.
Parece dueño de la administración pública.
Olvidó que la sociedad le paga y además lo vigila.
De empleado huele pedos pasó a ser un jefe forrado de soberbia y dinero.
Si acaso es prudente y no presume el capital que ha obtenido de manera ilícita, sus mujeres e hijos se encargan de hacerlo con eficacia insultante.
Los autos blindados de lujo y el helicóptero suplieron al vochito y a la combi que lo trasportaron en su época de pobreza.
Las prostitutas argentinas, brasileñas y peruanas desplazaron a las obsequiosas secretarias trepadoras, a las cuales, hay que decirlo, él y sus amigos preñaron con su descendencia y también con sus malos recuerdos.
El modesto departamento fue suplido por la residencia lujosa, millonaria, enorme y ostentosa.
Salieron de su agenda lúdica los hoteles de oferta vacacional para, en su lugar, incluir las casas de verano (o de invierno) en la Riviera Maya, Pichilingue Diamante, Las Brisas, Miami, Saint-Tropez, Ibiza o Ermoúpolis.
La primera clase aérea lo recibe bien porque paga bien. Es cliente vip.
Los hijos abandonaron la escuela pública para estudiar en las de paga.
La familia cambió a Suburbia por las tiendas de marca. Le vale madre que haya baratas nocturnas o de “buen fin” porque sabe que para gastar “su” dinero es mejor hacerlo en Nueva York, o de perdida en algún hotel boutique europeo. Para eso, dice, sirve la tarjeta Centurión de American Express.
Mazazo al ego
Los políticos de su calaña, ricos gracias a su visión corruptora, ven a los de clase media como pendejos, simplemente porque no son millonarios como ellos. Y a los millonarios que llegaron a serlo por trabajo o por herencia, los miran con recelo y envidia porque éstos pueden mostrar sin temor a la ley lo que los otros no: su riqueza.
Aquellos que antaño conocí bien pero que hoy desconozco, perciben a los pobres como seres indefensos a los que hay que alentar recetándoles mensajes diseñados para mantener viva su esperanza.
Claro que no le ha afectado las crisis recurrentes, por el contrario, le resultaron excelentes porque las usó como cortinas de humo para ocultar o disfrazar su falta de previsión y, desde luego, de probidad, eficacia y honestidad en el manejo de los recursos públicos.
Ése que, insisto, bien conozco, supone que los pobres nunca dejarán de serlo porque carecen de inteligencia. ¿De dónde su peregrina conjetura? Pues del olor del dinero que le atrofió el olfato político y la sensibilidad social.
Lo peor es que muchos ejemplares de esta especie se sienten invulnerables a la crítica pública. Se creen blindados contra el repudio de la sociedad, actitud ésta cada día más frecuente entre los ciudadanos que acuden a las urnas electorales o que de plano se abstienen, según su ánimo o necesidad de desquite.
Pronto, cuando menos lo esperen, la protesta y la denuncia populares caerán sobre él y ellos porque, como lo dicta la sabiduría del pueblo, el amor, lo pendejo y el dinero se notan a leguas. Más ahora que el pueblo está dispuesto a reclamar a quienes lo menosprecian o utilizaron en las elecciones, los mismos que se manifiestan o protestan en las redes sociales. Se trata de ciudadanos que también los vieron cuando pobres y que hoy, atónitos, han comprobado que se volvieron ricos, poderosos, gobernantes y, de paso, hasta soberbios.
Cada voto que pierda su partido, será un voto de castigo a la corrupción que representan los llamados servidores públicos. Me refiero, obvio, a quienes antes fueron pobres y hoy son millonarios, no importa que su ropaje político sea azul, verde, tricolor, amarillo o variopinto.
Claro que hubo donde los pusieron y que ellos se encargaron del resto. Vivirán impunes hasta que el pueblo despierte.

*Fragmento de mi novela El laberinto del poder (autobiografía de un gobernante)