domingo, 12 de noviembre de 2017

¿Barbosa encarcelará a Moreno Valle?


Por Alejandro C. Manjarrez
Parecía manifestarse como un machista en potencia cuando dijo que sentía especial atracción por las mujeres. Me encantan, soltó mientras fijaba su mirar lujurioso en una de las compañeras periodistas. Ella enrojeció. Y él sonrió travieso. Segundos después completó su diablura al hacernos pensar en su antítesis, o sea en el ex gobernador Rafael Moreno Valle a quien pretende suceder. Sí, en efecto, suceder porque, como lo hemos visto y comprobado, aún gobierna valiéndose de la —valga el eufemismo— bonhomía burocrática de Tony Gali Fayad, el histrión de la empatía cuyo nombre estuvo ausente en la reunión. Miguel Barbosa Huerta lo omitió. Igual ocurrió con los columnistas presentes, incluido el que esto escribe.
Entre el pan de agua y la sal del Himalaya compartida el pasado viernes, el senador de la República resumió su propia apología. Fue digamos que el aperitivo político, entrada que —perdone la mención particular— me recordó al personaje principal de mi novela El laberinto del poder, autobiografía de un gobernante: “Ya había sido legislador en la Cámara de Diputados, posición que en automático me condujo al Senado…”, dijo aquel mítico gobernador cuyo gusto por las mujeres también encaja en el convenenciero o definido (ya lo veremos) machismo de Miguel. La remembranza enunciada se dio debido a que parte de la historia del hombre de Zinacatepec, distrito de Tehuacán, tiene similitudes con la vida de mi político novelado.
Claro que Barbosa es real a pesar de su falta de catadura y ausencia de las imágenes que podrían colorear su vida en el poder público estatal. No obstante, ya es parte del catálogo nacional de políticos pragmáticos, actitud que podría ayudarle a ganar la gubernatura. Ahí está a su alcance, a tiro de piedra pues, la posibilidad de aprovechar el desprestigio de su otrora amigo y cómplice en la gestión de recursos públicos (según su dicho, más de 2 mil millones de pesos, mismos que se aplicaron a varias de las obras del relumbrón morenovallista). Por ello, haciéndole al Germán List Arzubide, dará estridencia al eslogan y/o promesa de meter a la cárcel a Rafael Moreno Valle. Se basará en que —según nos lo confió— Rafa ha sido el más corrupto de los últimos gobernadores poblanos, aseveración muy oportuna si consideramos la necesidad de los ciudadanos ansiosos de vengar los agravios del poder.
¿Falta de originalidad? Sí, a partir de que ésa ha sido la estrategia electorera de varios candidatos. No en su caso porque Barbosa está obligado a sacar provecho a lo que han padecido, piensan, sienten y dicen los millones de mexicanos hartos de la corrupción.
Precisamente el vocablo corrupción forma parte del léxico político de Luis Miguel. Tanto que se le salió al mencionar a su tocayo Osorio machacando lo que por ahí se ha publicado. De acuerdo con ése que es un malévolo rumor hasta que no aparezcan pruebas contundentes, el secretario de Gobernación ha sido amable y tolerante con Rafael Moreno Valle sin importar que éste tenga en la PGR tres denuncias por espionaje (incluida la del propio Barbosa). La razón: el gobierno de Puebla contrató a las constructoras que operaron en el estado de Hidalgo cuando don Miguel Ángel fungía como gobernador.
Al analizar lo dicho por el hoy aspirante cincho que con el sello de Morena buscará la gubernatura, se me ocurre suponer que cuando el jefe del gabinete político nacional comentó con él la detención de Elba Esther Gordillo justo en el momento en que esta ocurría, lo hizo para que el senador enterara de ello a Rafael. Repito de memoria lo revelado por Miguel Barbosa: “En el momento que lo enteré de lo que estaba pasando, Moreno Valle balbuceó asustado y nervioso” —dijo sin poder ocultar la satisfacción que pudo haberle causado el efecto de aquella llamada telefónica. Este notorio regodeo, que al parecer es una de sus características, muestra a Barbosa como un político franco, seguro y confiado. Está bien si partimos de que inspira confianza; empero, semejante actitud que seguramente le ha ganado muchos amigos, también lo expone a la maledicencia de los políticos cabrones y mañosos (o sea casi todos), mismos que aprovechan para joder a quienes emiten ese tipo de señales producto de la franqueza, la ingenuidad y el descuido precisamente. En fin…
Aparte de esa característica propia de los franciscanos ingenuos, francos y descuidados, Miguel Barbosa Huerta carga —lo repito por la trascendencia que ello implica— el machismo que en estos tiempos de equidad de género afecta hasta las carreras políticas más prístinas. Este mi aserto podría validarlo la compañera periodista que tuvo que soportar estoica otra de las bromas sexistas barbosianas. O los colegas que por la voz burlona del aspirante a gobernador se enteraron de las lágrimas que, ante la impotencia de enfrentar la misoginia de Rafael Moreno Valle, derramó en la sede senatorial la hoy embajadora Blanca Alcalá Ruiz.
Como para compensar sus expresiones poco amables para el sector femenil que lucha porque se le respete, Barbosa Huerta se mostró todo un caballero cuando habló de Martha Erika Alonso de Moreno Valle. La respeta aunque sea producto político de los excesos de su esposo, abuso que pasará a ser parte de la historia cuando resulte  ungida candidata panista al gobierno del estado. “Como ella no tiene nada que hacer en política —aseveró galante el senador— le voy a ganar”.
Así pues, según mi apreciación, en este primer encuentro con los columnistas, Miguel Barbosa se mostró como un político multifacético capaz de ponerse la máscara de la ingenuidad o del machismo e incluso del pragmatismo. Escuchándolo recordé cuando en su campaña Gustavo Díaz Ordaz llegó a la tierra de las granadas: al leer el enorme letrero que decía Tehuacán con Díaz Ordaz, el controvertido ex presidente preguntó a quienes lo acompañaban: Y a qué sabrá esa chingadera…

@replicaalex

jueves, 9 de noviembre de 2017

El 9 y la Magia del Complejo Cultural Universitario


Por Alejandro C. Manjarrez
Según dicho de los cronistas urbanos de hace cuatro décadas o más, en la ciudad de Puebla “soltaban al león” entrada la noche. Las calles quedaban solas pues. Entonces la actividad estaba sujeta a rigurosos horarios laborales que iniciaban a las once de la mañana y suspendían sus actividades a las 13:30 horas para, una vez rendido el homenaje a san Pascual Bailón, volver al trabajo a las cuatro de la tarde. La faena concluía poco antes de las ocho de la noche.
Aquella soledad invitaba a pensar en las leyendas que adornan la vida y las tradiciones de la antigua ciudad. Y también a recordar los tiempos idos cuando el desgarrador grito de ¡aguas..! anticipaba la lluvia de orines lanzados a la calzada cuyo desnivel empedrado formaba la acequia central que captaba desde los escurrimientos de origen ciudadano, hasta los aluviones de otoño. Las sombras de la noche incitaban a recordar los rostros alegres que pudieron haber motivado los tímidos haces de luz surgidos de las farolas de aguarrás, primer alumbrado público instalado en 1723.
En los portales de la ciudad capital ocurría una interesante mutación social: los parroquianos tradicionales dejaban el espacio a los noctámbulos que acudían a beber y, entre copa, chisme y trago mirar a las mujeres que, protegidas por el manto nocturno, ofrecían sus servicios sexuales a quienes buscaban una riesgosa aventura o simplemente querían saciar los apetitos de la carne. De vez en cuando esos parroquianos comentaban en voz baja la presencia de algún político o comerciante deseoso de confirmar su masculinidad: que el alcalde, que el diputado, que el empresario de medio pelo, que el funcionario municipal presto a ejercer algo parecido al derecho de pernada, que el mercader agobiado por deudas, en fin... Empezaban a dejarse ver los travestis que buscaban pareja.
No había un programa cultural consecuente con la demanda silenciosa de la época. Sólo existía un pequeño y culto sector de la sociedad angelopolitana, el cual invertía parte de su peculio para contratar grupos musicales de fama internacional, así como presentar otras de las manifestaciones artísticas; el Ballet Bolshoi, por ejemplo. “Puebla Ciudad Musical” se llamó aquella organización civil cuya creación de alguna manera respondió a las propuestas culturales de la Junta de Mejoramiento Moral, Cívico y Material de Puebla, el organismo de carácter privado cuya membresía tuvo a bien arrogarse algunas de las funciones jurídicas del municipio, entre ellas el usufructo de cierto porcentaje de los impuestos que por ley correspondían al ayuntamiento de la capital del estado. Nos cuenta el investigador Andrew Paxman[1], que al financiar la creación de la Junta mencionada, el comerciante norteamericano William Jenkins volvía a demostrar que él era la éminence grise; un personaje cuyo poder y nombre evocaban “el oscuro arte titiritero”, condición ésta en la que el conocimiento cultural brillaba por su ausencia.
Los espacios cinematográficos, otrora propiedad de Gabriel Alarcón y Manuel Espinosa Yglesias, exhibían los filmes de la llamada época de oro del cine nacional y una que otra película musical hollywoodense. Habían pasado algunos años del día en que se cometió el crimen de Cienfuegos, dueño de una de esas salas y, en consecuencia, competidor de los empresarios cuya visión los proyectó hasta el jet set del dinero. Fue uno de los crímenes cuya autoría quedó a salvo gracias a las componendas del gobierno de la época.
Medité sobre lo que acaba usted de leer después de atestiguar algo parecido a una manifestación del pueblo atraído por la cultura: cientos de personas recorrían animadas los espacios lúdicos del Complejo Cultural Universitario (CCU). ¿Qué pasó aquí?, me pregunté. ¿Cuándo y cómo ocurrió este cambio tan espontáneo?
Esos cuestionamientos me inducen a precisar las razones de la transformación o, mejor dicho, el encuentro popular imbuido de un inusitado y democrático interés cultural.

La magia

El paternalismo y los gobiernos centralistas hicieron de la cultura un acto de oportunismo burocrático. Incluir el tema en su retórica permitía al gobernante adornarse y al mismo tiempo ocultar aquello que podria ubicarlo justo en la línea que divide a la corrupción de la honestidad. Había que taparle el ojo al macho y mantener distraídos a los intelectuales independientes. El mañoso esquema fue alimentado hasta que las redes sociales aparecieron en el espacio mediático. Las interacciones entre los internautas funcionaron como si fuese un gran martillo capaz de romper el grueso blindaje que durante décadas protegió a los mandatarios dedicados a promoverse como alternativa viable para encabezar al poder Ejecutivo de México. La sociedad lo percibió y decidió pedir cuentas e incluso hurgar en el gasto público de los políticos que priorizaron la promoción de su imagen personal, en algunos casos con obras suntuarias e inoperantes para dizque promover la cultura pero, hay que decirlo, enmarcadas en el rubro comercial que incluye los negocios de quienes gobiernan para enriquecerse poniendo en acción el apotegma político que ha resistido todas las cruzadas moralizadoras, incluida la de Miguel de la Madrid: el que no salpica, se seca.

Antes de que se diera esa llamémosle coincidencia en la Gran Nube, dentro de la buap aconteció un hecho importante: la cultura se quitó la rienda burocrática que durante algunos sexenios la mantuvo sometida al contentillo del gobernante o, en el mejor de los casos, asida al comodino costumbrismo intelectual. El cambio fue posible gracias a la energía social, o sea el motor que impulsa, mueve y transforma; fuerza cuya inercia indujo en sus directivos universtarios la necesidad de librarse de la potestad y controles del gobierno y desde luego a fomentar la participación silenciosa de su base estudiantil.

Una de las primeras manifestaciones de esa sinergia es sin lugar a dudas el Complejo Cultural Universitario. Ahí se produjo el fenómeno previsto por Enrique Agüera Ibáñez, el entonces rector, según me lo manifestó Alfonso Esparza Ortiz: “La Universidad —dijo el a la sazón Tesorero— se ajustó a la visión cultural del rector Agüera Ibáñez, acciones diseñadas con la intención de mejorar la oferta cultural y hacer que la sociedad acudiera a ese Complejo Cultural”.
¡Y se logró!
¡Música maestro!
Carl Orff hizo su obra siguiendo los pasos de los jesuitas, por cierto constructores de la Universidad Autónoma de Puebla. El compositor alemán encontró en el pueblo la inspiración para escribir su Cármina Burana basándose, precisamente, en la colección de veinticinco canciones populares sobre el amor y la alegría de vivir. Dicen los musicólogos que a ello se debe que cada presentación de esta obra esté garantizada por el éxito, esto porque el contenido musical forma parte de la inspiración del pueblo, protagonista incontrovertible de la obra de Orff basada en los cantos goliardos (siglos XII y XIII) descubiertos en el siglo XIX. (Carl Orff murió a la edad de 86 años, el 29 de marzo de 1982. Los guarismos suman nueve).
En el mismo tono o inspiración se ubica José Pablo Moncayo cuyo Huapango incluye la recopilación de varios sones jarochos, corazón o embrión de la música veracruzana; por ejemplo: El Gavilancito, El Siquisirí y El Balajú.
La Commedia de Dante Alighieri contiene los símbolos del conocimiento y pensamiento medievales; es decir, la cultura del pueblo basada en la religión, astronomía, filosofía y sabiduría, conocimientos compilados y difundidos por los investigadores de la época interesados en el legado moral, científico y religioso de los siglos. La Divina Comedia, que por cierto determinó el idioma italiano, también inspiró a Franz Liszt —el pianista del pueblo— de cuyas manos e inteligencia surgieron muchas piezas extraordinarias, entre ellas la Sinfonía Dante, precisamente (Liszt murió el día 31 del séptimo mes de 1886, a la edad de 74 años: el nueve se repite en la suma de los dígitos). Sandro Botticelli, autor del Mappa dell inferno y el retrato de Dante —por citar dos obras relacionadas con el tema—, fue otro de los artistas impactados por Alighieri. Sus lienzos muestran la colorida inspiración del escritor renacentista cuya cultura fue, sin duda, enriquecida con las creencias populares sustentadas en el pensamiento mágico. Valga agregar que Botticelli nació el 1 de marzo de 1445, fecha cuyos números sumados dan nueve.
Los jesuitas, Orff, Dante, Liszt, Botticelli y Moncayo —por sólo citar a seis llamémosle detonadores culturales de distintas épocas— muestran y confirman que aquello que surge del pueblo está destinado a prevalecer. Por ello la religión, el arte, los liderazgos, la música y la política se desarrollan y fortalecen cuando la sociedad forma parte de estas expresiones. De ahí la trascendencia del Complejo Cultural Universitario, iniciativa de Enrique Agüera Ibáñez, decisión que convirtió a la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla en la caja de resonancia de la cultura, tanto del estado de Puebla como de las entidades vecinas.
Hoy, 10 de noviembre de 2017, el Complejo Cultural Universitario festeja sus nueve años de vida. El número es, además del más alto del sistema decimal (océano y horizonte, argumentaron los pitagóricos), el simbolismo de madurez, humanidad y generosidad, dígito que, al multiplicarlo, siempre se reproduce a sí mismo (ésta última característica representaba la verdad para los hebreos). Agrego el hecho de que el número forme parte de la obra de Dante Alighiere quien lo usó inspirándose en la edad que tenía Beatriz cuando la conoció, musa que, dicen, lo indujo a pensar en que el tres (factor del nueve) conforma la figura espiritual agrupada en el Padre, Hijo y Espíritu Santo, la “Santísima Trinidad”, ni más ni menos.
Ese número “mágico” también lo encontramos en la cultura mexicana. La pirámide maya Ku-kul-klan de 30 metros de altura, por ejemplo, es una de las extraordinarias construcciones que muestran la técnica arquitectónica sustentada en la importancia del dígito mencionado: 9 son sus plataformas, mismas que representan a los 9 señores de la noche y del conocimiento y del tiempo, es decir, las representaciones míticas conocedoras del universo y promotores de la armonía. Según los expertos en cultura maya, estas deidades enseñaron al pueblo a comprender y sentir la unidad manifiesta en el saludo: yo soy tú, tú eres yo. La inclinación de las nueve plataformas del cuerpo arquitectónico (51 grados 51 segundos) es igual a la inclinación de la pirámide de Keops. Ahora bien, si multiplicamos 51 x 51 y sumamos la cifras el resultado será nueve.
Magia, causalidad, ciencia, tradición, cultura o modernización aparte, hoy cumple nueve años el Complejo Cultural Universitario, casualmente el tiempo que duró al frente de la rectoría Enrique Agüera Ibáñez, su creador.
@replicaalex





[1] Paxman, Andrew, En busca del señor Jenkins. ed Penguin Random House Editorial, 2016, México

lunes, 16 de octubre de 2017

La verdad no peca…*


Cuando estoy entre pendejos hasta valiente me vuelvo
Por Alejandro C. Manjarrez
La que sigue es una de las publicaciones signadas por ese fantasma, paternidad que intuí pero que nunca pude comprobar porque me faltó asir los pelos de la famosa burra, mechones que me hubiesen permitido dar contundencia a mis argumentos y, por ende, ganar lo que entonces equivalía a las discusiones bizantinas. El mensaje publicado primero en la prensa local y después en la nacional, perturbó a muchos, en especial a quienes nos pusimos el saco o caímos en la trampa que forman los valientes escritos cuyos autores son anónimos. Yo resulté el más afligido debido a que mis defectos e historia se evidenciaron en la festejada, infame y mañosa publicación cuyo contenido comparto con mis lectores para, diría De la Hoz, aunque sea un poco tarde, amarrarme el dedo. Valga aclarar que los subtítulos son comentarios sucintos del que esto escribe:
Lo conocí cuando pobre.
Era un tipo amable, sencillo e incluso hasta modesto.
Lo vi crecer en la política y en la administración pública.
Gracias a esas sus características sus jefes se fijaron en él dándole la oportunidad de ascender.
Ya cerca del poder cambió un poco.
A su amabilidad, sencillez y modestia le agregó otra digamos que cualidad: la discreción. Se acostumbró a ver, escuchar y olvidar sin hacer gestos ni aspavientos. Incluso aprendió a departir en la intimidad con quien gobernaba su vida laboral, “sacrificio” que le permitió conocer la vida secreta de los políticos encumbrados, unos borrachos, la mayoría corruptos, otros homosexuales o bisexuales, y muchos mujeriegos.
Poco a poco fue construyendo su imagen burocrática, misma que con el tiempo lo hizo confiable e incluso indispensable para la jerarquía de su ámbito. Dio el estirón, cambió de estatus y ya es millonario.
La lanceta
Como bien lo conozco, ahora lo desconozco. Es el mismo pero se volvió petulante, presumido y mamón con corbata Hermès, trajes italianos o españoles cortados a la medida, camisas alemanas también de hechura especial, y zapatos Prada, como los que puso de moda el culto e inteligente Papa emérito de origen germánico.
Parece dueño de la administración pública.
Olvidó que la sociedad le paga y además lo vigila.
De empleado huele pedos pasó a ser un jefe forrado de soberbia y dinero.
Si acaso es prudente y no presume el capital que ha obtenido de manera ilícita, sus mujeres e hijos se encargan de hacerlo con eficacia insultante.
Los autos blindados de lujo y el helicóptero suplieron al vochito y a la combi que lo trasportaron en su época de pobreza.
Las prostitutas argentinas, brasileñas y peruanas desplazaron a las obsequiosas secretarias trepadoras, a las cuales, hay que decirlo, él y sus amigos preñaron con su descendencia y también con sus malos recuerdos.
El modesto departamento fue suplido por la residencia lujosa, millonaria, enorme y ostentosa.
Salieron de su agenda lúdica los hoteles de oferta vacacional para, en su lugar, incluir las casas de verano (o de invierno) en la Riviera Maya, Pichilingue Diamante, Las Brisas, Miami, Saint-Tropez, Ibiza o Ermoúpolis.
La primera clase aérea lo recibe bien porque paga bien. Es cliente vip.
Los hijos abandonaron la escuela pública para estudiar en las de paga.
La familia cambió a Suburbia por las tiendas de marca. Le vale madre que haya baratas nocturnas o de “buen fin” porque sabe que para gastar “su” dinero es mejor hacerlo en Nueva York, o de perdida en algún hotel boutique europeo. Para eso, dice, sirve la tarjeta Centurión de American Express.
Mazazo al ego
Los políticos de su calaña, ricos gracias a su visión corruptora, ven a los de clase media como pendejos, simplemente porque no son millonarios como ellos. Y a los millonarios que llegaron a serlo por trabajo o por herencia, los miran con recelo y envidia porque éstos pueden mostrar sin temor a la ley lo que los otros no: su riqueza.
Aquellos que antaño conocí bien pero que hoy desconozco, perciben a los pobres como seres indefensos a los que hay que alentar recetándoles mensajes diseñados para mantener viva su esperanza.
Claro que no le ha afectado las crisis recurrentes, por el contrario, le resultaron excelentes porque las usó como cortinas de humo para ocultar o disfrazar su falta de previsión y, desde luego, de probidad, eficacia y honestidad en el manejo de los recursos públicos.
Ése que, insisto, bien conozco, supone que los pobres nunca dejarán de serlo porque carecen de inteligencia. ¿De dónde su peregrina conjetura? Pues del olor del dinero que le atrofió el olfato político y la sensibilidad social.
Lo peor es que muchos ejemplares de esta especie se sienten invulnerables a la crítica pública. Se creen blindados contra el repudio de la sociedad, actitud ésta cada día más frecuente entre los ciudadanos que acuden a las urnas electorales o que de plano se abstienen, según su ánimo o necesidad de desquite.
Pronto, cuando menos lo esperen, la protesta y la denuncia populares caerán sobre él y ellos porque, como lo dicta la sabiduría del pueblo, el amor, lo pendejo y el dinero se notan a leguas. Más ahora que el pueblo está dispuesto a reclamar a quienes lo menosprecian o utilizaron en las elecciones, los mismos que se manifiestan o protestan en las redes sociales. Se trata de ciudadanos que también los vieron cuando pobres y que hoy, atónitos, han comprobado que se volvieron ricos, poderosos, gobernantes y, de paso, hasta soberbios.
Cada voto que pierda su partido, será un voto de castigo a la corrupción que representan los llamados servidores públicos. Me refiero, obvio, a quienes antes fueron pobres y hoy son millonarios, no importa que su ropaje político sea azul, verde, tricolor, amarillo o variopinto.
Claro que hubo donde los pusieron y que ellos se encargaron del resto. Vivirán impunes hasta que el pueblo despierte.

*Fragmento de mi novela El laberinto del poder (autobiografía de un gobernante)