sábado, 24 de noviembre de 2018

Claudia Rivera de Puebla

Imagen de ladobe.com.mx
El periodismo es libre o es una farsa.
Rodolfo Walsh

Desde su primer día de gobierno, Rafael Moreno Valle Rosas mostró su interés para cambiar lo que él pudo haber visto como el estereotipo rústico de la provincia mexicana. De ahí su interés por maquillar a la capital y vestir de lujo al estado dotándolos de una obra pública que pretendió ser vanguardista. Lo malo es que semejante inversión y su esquema empresarial contrastó con la pobreza de la entidad empujándola hacia la lamentable posición estadística que hoy ocupa en las áreas de pobreza e inseguridad.
La prensa también formó parte de esas contradicciones politicas. Se la consideró pastoril, pueblerina y por ende estorbosa, rebasada e inservible: no encajó con el “alto perfil” del titular del poder Ejecutivo. Resultó incómoda y molesta en virtud de su apertura y libertad para actuar, al principio obligada por el trato, a veces ofensivo, y después entusiasmada por haber “descubierto” el papel crítico que aplauden los lectores.
Este es pues un tema amplio e interesante debido a las sombras que originan un alto contraste constituido por la opacidad del gobierno y la luminosidad de la prensa estatal libre. Dejaron de ser anecdóticos los ataques menores o graves depende en cuál espacio del poder se hayan concebido para formar parte de la vergüenza nacional. Lo bueno es que al final del día el estilo de los dos últimos titulares del poder Ejecutivo de Puebla (uno mucho más inteligente que el otro) superó al de los gobernantes que hoy forman parte de las páginas negras de la historia poblana.
Escribió el periodista y escritor Arcadi Espada: “El periodismo nació de la sociedad para controlar al poder. Y ahora el poder maneja al periodismo para controlar a la sociedad”. Cuando lo dijo las redes sociales empezaban a conformarse como lo que hoy son: el contrapeso del poder político. Quien no percibió este fenómeno fue porque la soberbia le obnubiló su raciocinio o debido a que le faltó inteligencia para entender que el periodismo empezaba a librarse de la hegemonía del poder. Esto —subrayo— gracias a las redes sociales.
Mencioné al ex gobernador Moreno Valle porque él, sin habérselo propuesto, fue el impulsor de la nueva prensa poblana formada por los periodistas críticos cuyo criterio discrepa con el trabajo de los periodistas modelados por los “cañonazos” de dinero procedente de las arcas públicas. Con su menosprecio hacia la prensa, Rafael sacudió conciencias y puyó dignidades hasta lograr lo que parecía imposible: fomentar la libertad y la capacidad analítica del periodismo poblano.
Curiosamente el estilo aquel modeló a ciertos comunicadores que desde su origen académico buscaron ocupar espacios de dirección en las áreas de comunicación social gubernamentales. Buscaron la preparación no para ser mejores seres humanos sino con el deseo de venderse a los gobernantes como lo ultra del mercado laboral. La paradoja es que en varios casos cometieron el error parvulario que, por ejemplo, dio fama nacional a Victorino Álvarez García, uno de los alcaldes peor calificados de México, tanto que tuvo que dejar Puebla y refugiarse en alguno de los más alejados rincones del Caribe. La razón: su comunicador le vendió la idea de dejar que los periodistas lo criticaran: “No los peles —le dijo—, entre más te golpeen mas fuerte e invulnerable te hacen. —Y agregó parafraseando a Porfirio Díaz—: Esos pollos quieren más máis”. El famoso Vitin le hizo caso y su fama pública quedó como palo de gallinero.
Según lo publicado por varios medios y distintos articulistas o columnistas, en esas anda Claudia Rivera Vivanco, la ínclita alcaldesa de Puebla Capital. La “modernización” en el manejo de su imagen parece incluir aquella “estrategia” que puso en acción el comunicador de Álvarez García. Como en los tiempos del ex mandatario hoy coordinador de la fracción panista del Senado de la República, el estilo de gobernanza adoptado por Claudia aparenta incluir el menosprecio a la prensa local.
El impacto del voto morenista que hizo triunfadores a muchos de sus candidatos, muestra que éstos sólo son beneficiarios del fenómeno López Obrador. Es algo que al parecer soslayan los asesores o empleados de la alcaldesa poblana. Me refiero a quienes creen que Claudia está protegida por la panoplia formada con su propio carisma más el apoyo o simpatía del “pueblo sabio”. Y que gracias a ese súper escudo, las críticas y los señalamientos le harán lo que el viento a Juárez. Craso error.
No hay duda. La presidenta municipal es una ciudadana suertuda. Esto porque de sus limitados espacios de gestión social que le permitieron relacionarse con el proyecto de Morena, brincó al gran escenario donde los errores se magnifican y las cualidades se minimizan. Luego entonces le está prohibido darse el lujo de repetir los errores de quienes viven asediados por la mala fama pública, en algunos casos debido al lastre que formó el consejo de sus allegados y, en otros, por causa de la tara llamada arrogancia, actitud ésta que vulnera a quienes se sienten paridos por los dioses del Olimpo. Sobran los ejemplos.
Por el bien de los habitantes de la capital del estado de Puebla, ojalá que tanto en el entorno burocrático de la presidenta municipal como en su propio actuar, se manifiesten los efectos de la inteligencia del servidor público que lee, dialoga, consensa, se prepara, rectifica y suma voluntades para evitar los errores del pasado. Se lo agradecería Andrés Manuel López Obrador y (seamos optimistas) validaría lo que éste representa: el cambio basado en la participación y opinión de los distintos sectores de la sociedad, incluida la prensa desde luego.

@replicaalex

martes, 20 de noviembre de 2018

Gilberto Bosques, Justo entre las naciones



Este es el pensamiento de Gilberto Bosques Saldivar*, ideas plasmadas en dos documentos, el primero correspondiente al 70 aniversario de la Constitución de Puebla, y el segundo refiriéndose a la condición de la política en los años finales del siglo xx y su proyección al xxi, opinión vertida durante la entrevista que publicó La Jornada, cuando Bosques cumplía 100 años de edad:

Mis compañeros de la legislatura Constituyente de 1917 me han conferido el honroso encargo de hablar en su nombre desde esta misma tribuna que ocupamos —hace ya medio siglo— para discutir libremente y con gallardo gesto juvenil el articulado de la que había de ser la Constitución Política del Estado de Puebla.
Trataré de encontrar la expresión que traduzca el pensamiento erguido y el ánimo cordial que alientan en este reducido grupo de supervivientes de aquella asamblea legisladora. Primero queremos ofrecer nuestro homenaje a los compañeros de entonces que han muerto en el transcurso de los últimos cincuenta años; el homenaje de nuestro recuerdo de siempre y en el acto conmemorativo de este día. Con entera convicción decimos, en honor suyo, que supieron cumplir el mandato electoral del pueblo; que ocuparon con dignidad responsable esos escaños y estas tribunas; que su palabra y su  voto se elevaron al nivel de riguroso compromiso con la voluntad expresa del pueblo, y que llegaron con nosotros al primer juramento de la nueva Constitución teniendo en el corazón y en la conciencia la  lealtad y el cariño a la patria, que —como decía Martí— ‘Sólo tiene comparación, por lo que sujetan cuando prenden y por lo que desgarran cuando se arrancan a las raíces de los arboles’. Para ellos nuestra reverencia espiritual en el recuerdo.
Se ha dicho que los legisladores poblanos de 1917 comprendimos como una cuestión de honor, la tarea que el pueblo nos había confiado. Las asambleas constituyentes tienen la misión histórica —cuando son consecuencia lógica de una autentica revolución interna— de dar bases jurídicas al orden social postulado por el pueblo triunfante. Esta fue la misión del Congreso Constituyente de Querétaro.
Y con la doctrina, los principios y las bases jurídicas de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos del 5 de febrero de 1917, trabajamos en este recinto para dar a nuestro estado federativo su Carta constitucional.
Sabíamos que en aquel año, México daba al mundo la primera constitución político–social. Vendría un año después la declaración rusa de los Derechos del Pueblo Trabajador y Explotado; al año siguiente, la Constitución alemana de Weimar; más tarde, en 1931, la Constitución Republicana española; en 1936, la Constitución rusa;  en 1940 la Constitución cubana, en 1945, la Constitución guatemalteca; en 1946, las constituciones francesa, panameña, y la primera haitiana; en 1947, la Constitución venezolana;  en 1948, la Constitución italiana; en 1949, las constituciones argentina y costarricense; en 1950, la Constitución salvadoreña; en 1955, las constituciones dominicana y segunda haitiana; etcétera. Algunas de estas Cartas, de bien definido carácter político-social, han sido derogadas, suplantadas y hasta olvidadas por la acción de regímenes bastardos.
En 1917 llegamos hasta aquí como representantes populares, viniendo de la sierra, de los valles y de los llanos, de la ciudad y de la aldea, del trabajo modesto y de la cátedra y, sobre todo, viniendo de la revolución misma, de las filas combatientes, de los parajes de lucha con visibles testimonios de fuego, de plomo y de sangre. Y por ello nos fue dado el privilegio de conocer la instancia del destino patrio en la voluntad del pueblo Y tratamos de pensar ese destino y de servirle.
Aquel deber de pensamiento y de servicio nos esclareció el fenómeno social del derecho de las masas, fenómeno que después de la conflagración de 1914-1918 aparecería como consecuencia social de una guerra de masas. La Revolución Mexicana y la Primera Guerra Mundial pusieron en marcha una onda corriente de transformaciones sociales que sería fuente de las revoluciones populares de este siglo. Y en nuestra América, José Carlos Mariátegui pudo exclamar: ‘La verdad de nuestra época es la revolución’. Y Julio Romains pudo decir: ‘Ahora la democracia consiste en que todos los hombres formen parte del pueblo’. Y pensadores de alta autoridad han llegado a la conclusión certera de que una nación es más un hecho social que un hecho jurídico.  Y se dice ya que el fin último del derecho es la justicia social.
¿Cuál es la perspectiva ante este horizonte de auroras? Nuestra Revolución es un proceso que no ha terminado. En cincuenta años de Constitución y de leyes sociales, el problema agrario está en pie. Y otros problemas capitales se erizan de urgencias. México, en horas sombrías y en vientos de borrasca y huracán, encuentra siempre su camino, se yergue y sale al fulgor de sus resurgimientos, al patetismo hermoso de sus heroísmos históricos. Empuñaremos todos la bandera de las afirmaciones fundamentales. México ha sido siempre una afirmación ante el mundo.  Y nunca como en esta hora del mundo ha sido tan necesaria la reivindicación de sus grandes afirmaciones revolucionarias. Que la juventud del régimen revolucionario, en su totalidad nacional, y la juventud mexicana, toda la juventud mexicana, enarbolen con brazo y voz fuerte la verdad de nuestro tiempo, y asuman la responsabilidad de impedir que la revolución deje de ser corriente en cauce para ser estatua y aniversario, que deje de ser imperativo para ser recuerdo engalanado, que deje de ser pasión para ser desencanto, que deje de ser crisol de voluntades para ser un frío depósito de viejos laureles.
Hoy como ayer, nos duele la miseria del campesino, la ignorancia del pueblo, el opresor silencio del pueblo, la angustia del pueblo y la suspirada esperanza del pueblo. Y nos duele pensar que los dolores hondos de la masa son, a la corta o a la larga, magna germinal de justas rebeldías.
Nuestro deber es con la Revolución.
Nuestra deuda es con la Revolución.
Revolución profunda y patria plena. En la Revolución Francesa del 79 se definió el patriotismo como la defensa de una tierra que, por primera vez, siente el pueblo como enteramente suya. Que sea nuestra Patria, toda entera.

Entrevista realizada el 20 de julio de 1992, por Pablo Espinoza para La Jornada:
Nuestro siglo ha sido el siglo de las Revoluciones. Revoluciones de bandera alta bien desplegada. Un pensamiento que caminó a lo largo del siglo xx con sus componentes que han derivado para cerrar el siglo en algo que considero una verdadera desgracia: hacia una constitución de orden técnico.
Este final de siglo es el de los técnicos y de los mercaderes. Final triste para un siglo. Porque en principio el técnico es un mutilado de la inteligencia…
Este siglo se queda con una penuria de grandes filósofos ¿en donde están?, como no hay tiempo ya los grandes estadistas, los grandes líderes también se acabaron. Se acabaron con Clemenceau y De Gaulle.
Yo creo que mientras dure este siglo de la historia del hombre, tiempo técnico, mercantil, es la oscuridad en que se termina este siglo. Ya Malraux había dicho que vamos a llegar al siglo de la oscuridad, que será el siglo xxi, porque sus raíces son estas: es triste que nuestros países se hayan reducido a ser dirigidos por los técnicos y los mercaderes y ahora todo es economía de mercado y todo es empresa y mercado.
Ha habido otros tiempos en que ha florecido el pensamiento, en que el hombre se ha integrado en necesidades de alimentación y de inteligencia y de justicia social. Ahora todo está deshumanizado. Las cosas de ahora están fuera de los tiempos del Hombre, de los seres humanos. Es cruel el régimen: de explotación, de presión, de injusticia social hacia las grandes mayorías, hacia el componente mayor del planeta. Esta es la realidad que estamos viviendo. Es triste pensar que estamos viviendo estas antesalas de un siglo de oscuridad.


*Se permite su reproducción siempre y cuando se cite la fuente

La Cuarta Revolución*


 Por Manola Álvarez Sepúlveda
El libro Justicia Social, anhelo de México, es el relato en primera persona de un protagonista de la Revolución Mexicana quien, “al acercarse al final del camino de la vida”, hace un análisis crítico de lo que él vivió siendo hijo de una familia de la aristocracia de entonces. En esa etapa de su vida juvenil se unió a la causa revolucionaria hasta convertirse en uno de los diputados constituyente “jacobinos” de 1917 y más tarde en jefe del Estado Mayor Presidencial de Plutarco Elías Calles.
La intención que José Álvarez y Álvarez de la Cadena expresa en su prólogo, es la esperanza de que su experiencia pueda servir para que se valore y haga justicia al movimiento social revolucionario; para que oriente a las nuevas generaciones que tendrán la necesidad de incorporarse a la Cuarta Revolución, movimiento que, dice, es necesario debido a que la sociedad buscará liberarse de yugos y opresiones auspiciadas por una clase política que desconoce la esencia revolucionaria.
En el prólogo del libro en comento, Álvarez manifiesta que su objetivo es demostrar a las nuevas generaciones y a quienes parecen haberlo olvidado, que el movimiento revolucionario no se efectuó como por desventura lo comentan algunos escritores ignorantes y otros más ignorantes directores de películas y telenovelas valiéndose de argumentos que desorientan a la opinión pública. Es un error decir que la Revolución fue hecha por grupos desordenados de mugrientos, desarrapados, borrachos y pizpiretas tipo Juana Gallo. No. Hubo unidades militares que para su época llegaron a alcanzar la excelencia en organización bélica. Por ello se verificaron batallas muy reñidas, mismas que hicieron brillar el genio militar de los jefes que las encabezaron y dirigieron.
Álvarez subraya que fue por ello, y por la inquebrantable energía de Venustiano Carranza, que se logró diezmar al ejército federal para hacer huir al chacal Victoriano Huerta y doblegar a los políticos que formaban su gobierno espurio.
Después de la disolución del ejército federal tuvieron que librarse muchas y muy encarnizadas acciones de guerra, las cuales ya no fueron contra los elementos de la vieja reacción clerical, sino derivadas del manejo pandillero que el general Francisco Villa hizo con las corporaciones de la División del Norte, ejército que Venustiano Carranza había puesto a sus órdenes.
Sobre al movimiento maderista, considerado en su aspecto de lucha armada,  Álvarez hace notar que no revistió características serias toda vez que prácticamente se sometió a la dictadura porfirista en cuyos planes estaba el llevar a cabo algunos encuentros de preparación para lograr los tratados de paz (Tratados de Ciudad Juárez), objetivo fundamental, a fin de que tanto Madero como la Revolución quedaran en manos del ejercito federal.
La verdadera lucha armada que vino después fue la sostenida por los federales contra el Ejército Constitucionalista organizado por Carranza. Éste desarrolló un inteligente y notable plan de campaña. Si acaso tuvo alguna falla ello se debió a la falta de un verdadero espíritu militar y subordinación de Francisco Villa quien, desobedeciendo órdenes terminantes del propio Carranza —reconocido por Villa como general en jefe—, originó la tirante situación que más tarde fue causa de la absurda y dolorosa escisión que costó tantas vidas.
Hace ya más de un siglo que el general del ejército porfiriano Victoriano Huerta, consumó la traición más asquerosa de nuestra historia cuando asesinó al presidente de la República Francisco I. Madero y al vicepresidente José María Pino Suárez.
Es realmente incomprensible —acota Álvarez— que Madero haya puesto en manos de tal hombre la defensa de las instituciones nacionales e incluso su vida misma: lo encargó del mando de las fuerzas leales que deberían reducir al orden a los sublevados comandados por Félix Díaz y Aureliano Blanquet —con Bernardo Reyes de comparsa y la asesoría de Henry Lane Wilson (embajador de Estados Unidos)— pretendieron vengar el haber sido derrotados por el pueblo levantado en armas que con su organización y eficacia se burló de las águilas y los laureles que adornaban el pecho de aquellos militares traidores.
La abyecta traición del dipsómano Victoriano Huerta, dio margen para que un patriota y valiente mexicano encendiera el espíritu patrio contra el usurpador. Carranza, gobernador entonces del estado de Coahuila, con entereza y decisión, desconoció al gobierno de Huerta y se lanzó a derrocarlo por medio de las armas después de expedir el Plan de Guadalupe, un llamado al pueblo de México convocándolo a formar parte del movimiento que habría de derrocar al traidor Huerta.
Termina así la primera parte del libro de José Álvarez. En la segunda parte analiza la implantación de las reformas sociales, esencia verdadera de la Revolución que, considera, fue lograda sólo en parte al promulgarse la Ley Suprema de México. Hace  un análisis de cómo Carranza apoya la decisión de los diputados constituyentes de elaborar una nueva Constitución y no, como erróneamente se ha dicho, la reforma a la Constitución de 1857, como originalmente él lo había propuesto.
Las reformas a la Constitución se han hecho cada sexenio partiendo de los deseos y preferencias del jefe del Ejecutivo. Esto ha provocado que la Carta Magna se aleje cada vez más de los principios revolucionarios de 1910, razón por la cual se perciben ya los vientos que anuncian la llegada de la Cuarta Revolución que, esperemos, sea incruenta…
*Fragmento del libro Justicia Social, anhelo de México (Ed. BUAP/Senado de la República), obra que el lector puede solicitar de manera gratuita al correo: alemandelaro@gmail.com El único requisito es que los interesados que vivan fuera de Puebla, paguen el costo de envío, según la cotización del medio que prefieran.